Informática, derechos de autor y la Directiva de Copyright

Me he tomado mi tiempo para volver a hablar la cuestión de la nueva Directiva de Copyright Europea, esperando alcanzar el punto en que la ciudadanía no tenga poder de decisión. Ese momento llegó el 15 de abril, cuando Reino Unido, cuyos políticos se quejaban de que esa reforma era malísima y una razón más para el Brexit, votaron a favor sellando su aprobación. Si hubiesen votado en contra, la habrían parado, así que mi opinión sobre ellos deja mucho que desear. Esta reforma ha salido adelante por impulso de 2 grandes lobbys: el de la música y el de los periódicos, teniendo ambos un historial más que curiosos en España sobre este tema. Voy a centrarme en este post en el tema de la música, puesto que es su sector el que originó todo este tema legal.

Antes que nada, quiero dejar claro que el concepto como tal de Copyright me parece correcto: que los creadores reciban una remuneración que les permita seguir trabajando en ese sector me parece algo absolutamente racional. Lo que no me parece correcto es ni el sistema de entonces, ni el de ahora, pues la discográfica se lleva la mayor parte de los beneficios por el trabajo del creador cuando se trata de meros intermediarios. La música es uno de una de mis actividades de ocio, e invierto bastante tiempo y dinero al año en ella, por lo que me siento bastante cómoda hablando de este tema. Intento escuchar música en directo cuando es posible al considerarlo algo especial, y me alegra poder aplaudir una actuación bien hecha para demostrar mi apreciación.

Crecí en la época de los vinilos y las cintas de cassette: el corazón del negocio era la venta de álbumes o singles, que me parecían muy simpáticos al ser discos pequeñitos. Hasta entonces escuchabas lo que la discográfica quería, y en el orden que ellos quisiesen, en la radio o en álbumes que comprases, de manera que cuando una firma pagaba una suma mayor a una radio, esta emitía sin parar los temas promocionados y esos eran los que el público podía llegar a conocer. Si te gustaba algo diferente (por ejemplo el heavy metal), tenías un problema de descubrimiento y distribución. Sin embargo con la cinta de cassette llegó un gran cambio: la gente podía acceder a un grabadora y crear sus propias cintas, lo que dio lugar entre otras a las “cintas de mezclas”, precursoras de las actuales “listas de reproducción”. También se empezó a compartir música a pequeña escala: un amigo te pasaba una cinta con “música rara”, por ejemplo un álbum de un grupo no muy conocido de Francia, que jamás sería distribuido en tu región, dando una mayor amplitud a tu horizonte musical. Este tipo de copias sin ánimo de lucro eran algo normal, y para la industria algo anecdótico: el soporte magnético tenía un ciclo de vida, y lo normal era guardar el original y usar una copia, para preservarlo por más tiempo. Cuando tu copia se comenzaba a desgastar volvías a copiar del original y sin problema, porque la copia privada y no comercial era, y aún es, algo legal. Además las condiciones para copiar requerían tener acceso físicamente una primera copia, por lo que había limitaciones geográficas mas o menos estables y la industria se beneficiaba de una economía de escasez: limitar los originales para subir su precio en reediciones, y que ellos tuviesen el control sobre qué se escuchaba en cada sitio. Posteriormente llegó el CD, y la industria pataleó: este nuevo soporte tiene un ciclo de vida mayor que los magnéticos e iban a vender menos por desgaste del soporte, pero a los consumidores les encantaba posibilidad de acceso directo a las canciones al gusto, o el modo aleatorio. Además se mantenía la posibilidad de grabar canciones al gusto en nuevos soportes. Yo aún consumo CDs porque además de la música me gusta disfrutar el arte de sus portadas y libretos.

Una de mis 4 estanterías de CDs originales

A finales de los 90 todo cambió con la aparición de Napster, un sistema que permitía compartir música desde cualquier parte del mundo vía Internet en un formato llamado MP3. La calidad del sonido era muy deficiente en comparación con un CD original, pero la capacidad de descubrimiento que te daba era maravillosa. Para mí fue algo genial, porque también fue la época del inicio del comercio electrónico, así que si encontraba algo que me gustase, podía encargarlo en una tienda de música que hiciese pedidos internacionales, comprándoles el álbum y así teniéndolo con sonido bueno: era una gran oportunidad para poder romper esas barreras geográficas. El otro gran cambio que llegó fueron los primeros programas de música que permitían hacer grabaciones y mezclas caseras, con lo que hubo gente que comenzó a hacer sus propias remezclas de temas que podían ser incluso más interesantes que el tema original.

La industria, salvo contadas excepciones, vio una amenaza en lugar de una oportunidad, y empezó a perseguir y criminalizar ese sistema. Mientras Apple creaba el iPod e iTunes, permitiendo comprar solo la canción que nos interesaba en lugar de tener que llevarnos un album que podía ser tener el resto del contenido más deficiente, aparecieron monstruosidades como la ley Sinde, que estableció el primer canon audiovisual español gestionado por la SGAE. Esto nos hacía a todos los consumidores culpables hasta que se demostrase lo contrario, de manera que cuando yo compraba CDs para entregar mis prácticas de la universidad, programas informáticos de tipo académico creados por mí, la SGAE se llevaba una parte a modo de multa “por si yo lo usaba para piratear música” o “por las pérdidas que les generaba Internet”, como si el único uso de la red fuese robarles. Recurrirlo legalmente generaba mas gastos que pagarlo, por lo que mi generación tiene una percepción lamentable de tal organismo de gestión de derechos de autor, empeorada  aún más tras ver cómo sus líderes han estado robando lo que se suponía que era para los artistas que representaban. La consecuencia es que tristemente a día de hoy toda una generación tiene escaso respeto por el Copyright, o un sentimiento de culpabilidad prácticamente inexistente al saltárselo porque ya ha pagado la multa por adelantado.

Lo que se necesitaba no era criminalizar al consumidor, sino propuestas como iTunes o Spotify, que permitiesen acceder en calidad baja al audio para descubrir, y luego poder comprar lo que nos interese en calidad alta. O establecer diversas tarifas para acceso a una “audioteca”, que vayan desde con publicidad como la radio de toda la vida (o con la inserción de algún tema patrocinado) a de suscripción para una mayor capacidad de elección. A mí me ha sorprendido muy gratamente el sistema de recomendación de Deezer, que una vez tienes unos cuantos álbumes y temas marcados como “me gusta”, va poniendo en su “modo flow” grupos relacionados en componentes, estilo o temática con la base que les has dado obteniendo resultados bastante acertados, y me ha descubierto unos cuantos grupos nuevos, o “spin offs” de bandas que me eran desconocidos y ahora me encantan. Eso sí, con este sistema muchos creadores pueden subir a las diversas plataformas su material sin filtro discográfico, saltándose al “portero” tradicional, pero sigue siendo un sistema de reparto imperfecto pues la mayor parte de los beneficios lo acaparan unas pocas entidades discográficas. Si echáis una ojeada al panorama actual, 2018 ha sido el año en que la industria musical ha tenido mejores resultados en la última década, y no ha sido por las absurdas medidas antipiratería que se saltan una y otra vez, sino por la aparición de alternativas razonables y de calidad: facilidad de uso, acceso sencillo y precio razonable para un acceso “a la carta”.

Sin embargo, el Artículo 17 (antes 13) implicará que cualquier sistema de Internet que pueda almacenar contenidos, según como interprete cada país esa directiva, podría verse obligado a preinstalar un filtro que decida qué se puede subir y qué no. Podéis ver declaraciones contradictorias por los diversos gobiernos dada la ambigüedad del texto aprobado.

No digo que el fondo de las medidas sea equivocado, sino que la forma actual solo beneficia a los grandes conglomerados de derechos de autor y discográficas tradicionales, que ya de por sí siguen siendo quienes sacan mayor tajada de Spotify con el modelo actual. Las excepciones son mínimas, de manera que plataformas como Patreon, que permiten financiar a artistas de forma independiente, no quedarían exentas ni por número de usuarios mínimo, ni antigüedad. Podría enlazar artículos de prensa documentándolo, pero el nuevo Artículo 15 (antes 11) podría bloquear mi post por enlazar sin previo pago un artículo de prensa desde mi blog personal (yo no tengo obtengo beneficios monetarios por escribir esto, pero wordpress.com pone publicidad por el hosting, con lo que según cómo se interprete el artículo wordpress.com podría verse obligado a borrar los enlaces para no pillarse los dedos), así que en esta simulación de la nueva Directiva Europea cada uno tendrá que verificar la información sin ayuda. Una medida así no ayudará contra la difusión de noticias falsas, pues nos reduce la capacidad de redirigir la atención hacia fuentes fiables como argumentos para refutarlas.

Algo está mal en la definición de estos artículos en su forma actual, al ser vaga y ambigua. No me parece que vayan a ayudar en absoluto al mercado único Europeo porque cada país los implementará en 2 años como vea oportuno pudiéndose tener una distinta por estado miembro, lo que mas bien será un obstáculo para la creatividad en Europa. ¿Pagar al artista por su obra? Por supuesto. ¿Forzarnos a mantener un modelo obsoleto donde un grupo de intermediarios y viejas glorias se lleva la mayor parte y siguirían decidiendo qué debo escuchar, evitando alternativas que puedan beneficiar tanto al creador como al consumidor? No, gracias.

Pd: si os gusta la música y queréis apoyar a un artista o grupo, id a verlos directo. Y cuando estéis allí, acercaos a la tienda de merchandising oficial del recinto (no a quien ronda por la cola de entrada por barato que sea) y compradles una camiseta o similar, pues ese dinero va directamente para ellos. Si bien considero que no hay mejor señal de apreciación que llevarte su música a tu casa, los artistas solo se llevan unos céntimos por un album físico o digital. Si quieres ayudarles a que se puedan dedicar a la música, las entradas y el merchandising son lo el mejor medio.

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